Ayer viví uno de los momentos más inolvidables que me ha dado mi profesión. Después de varios meses de confinamiento, mis alumnos me dieron una gran sorpresa al hacerme una visita totalmente inesperada.
Cuando el maestro Claudio llamó a mi puerta, pensé que traía la guitarra que estaba esperando (por adelantado) por mi cumpleaños. Sin embargo, el regalo de ayer supera con creces, cualquier regalo material.
El estado de alarma ha provocado la suspensión de las clases presenciales, pero paradójicamente ha conseguido aumentar más la cercanía que tengo con mis alumnos y sus familias.
Al salir por la puerta de mi casa y ver a todos mis niños (y mis dos niñas) perfectamente colocados y con sus brillantes expresiones me quedé...sin palabras y totalmente cortado. Me dijeron las madres que era la primera vez que me veían sin poder pronunciar algo, pero cuando vives un momento así, sólo hablan las emociones.
Siempre he dicho que me siento afortunado por trabajar en El Trobal: me encanta el pueblo, el colegio, los compañeros, las familias, los alumnos y todos los recursos que me ofrece para mejorar la enseñanza y el aprendizaje. Es el sitio perfecto para desempeñar mi trabajo, que incluso ya trasciende a lo personal.
Llevo muchos años con destino en este colegio y ya he pasado por varias generaciones de alumnos y, como he dicho más de una vez, me siento muy orgulloso de todos ellos. Su cariño, su humildad, su compromiso, su simpatía...son las verdaderas cualidades que habría que calificar, y todos ellos llegan a la excelencia.
Gracias al maestro Claudio, a la profe Mariflor, a las madres y por supuesto a los alumnos por dedicar su tiempo para hacerme tan feliz.
Lo habéis conseguido.